Oliver Twist
Oliver Twist Mientras su camarada echaba entre pecho y espalda el contenido del primer vaso y el de otro segundo, el judÃo tendÃa la vista en derredor, no con curiosidad, que harto conocÃa la habitación en que se encontraba y aun toda la casa, sino con esa expresión de recelo que le era peculiar. Pobre era a más no poder el mueblaje de la estancia, en la que nada habÃa que hiciera suponer que estuviera habitada por un hombre amigo del trabajo más que el contenido de la alacena, ni presentaba más objetos sospechosos que tres trancas descomunales, puestas en un rincón, y un salvavidas —acaso le cuadrase mejor el nombre de destruyevidas — que pendÃa de la chimenea.
—A tu disposición —dijo Sikes, castañeteando la lengua—. Ya me tienes dispuesto.
—¿Para tratar de negocios? —preguntó FajÃn.
—Para tratar de negocios. Suelta lo que traigas en el buche.
—¿Sobre la casa Chertsey, Guillermo? —preguntó el judÃo, acercando más su silla y bajando mucho la voz.
—SÃ. ¿Qué hay?
—¡Oh! De sobra sabe usted lo que hay, amigo mÃo, ¿no es cierto, Anita?