Oliver Twist
Oliver Twist —¡No! ¡No lo sabe! —replicó Sikes—. Y si lo sabe, es como si no lo supiera, que para el caso es lo mismo. Habla pronto y llama las cosas por su nombre. Y acaba ya de una vez de gruñir y hacer mueca, asà como también de hablarme con enigmas y reticencias, como si no fueras tú el primero que concibió el proyecto del robo. ¡Al grano, al grano, y basta de rodeos!
—¡Calma, calma, Guillermo! —exclamó FajÃn, intentando en vano poner diques a la indignación desbordada de su amigo—. Pudieran oÃrnos, querido amigo… pudieran oÃrnos.
—¡Que nos oigan! —gritó Guillermo—. ¡Me da lo mismo!
Sin embargo, como parece que no le daba lo mismo, al cabo de un momento de reflexión, optó por bajar la voz.
—Me guiaba la prudencia, amigo mÃo… nada más que la prudencia —observó con zalamerÃa FajÃn—. Hablemos ahora de la casa Chertsey: ¿cuándo se da golpe, amigo mÃo? ¡Cuánta vajilla de plata, querido amigo, cuánta riqueza! —añadió el judÃo frotándose las manos de gusto y elevando los ojos en un éxtasis de deleite.
—No puede darse —contestó Sikes con frialdad.
—¡Que no puede darse! —repitió como un eco el judÃo.