Oliver Twist
Oliver Twist —No —insistió Sikes—. Por lo menos, no es el negocio que nosotros creÃamos.
—¡Luego no se ha sabido hacer bien la cosa! —gritó el judÃo, pálido de cólera—. ¡No me lo diga usted!
—Te lo diré, quieras o no. ¿Quién eres tú, para que yo calle? Digo que Tomás Crackit hace quince dÃas que ronda la casa y aun no ha conseguido sobornar a ninguno de los criados.
—¿Quiere usted decirme, amigo mÃo —preguntó FajÃn, dulcificando la voz a medida que su interlocutor la alzaba— qué ninguno de los dos criados se aviene al juego?
—Eso precisamente. Veinte años hace que la vieja los tiene a su servicio, y nada consigues de ellos aun cuando les des quinientas libras.
—¿Pero y las criadas? —objetó el judÃo—. No me dirá usted que tampoco es posible conseguir nada de ellas.
—Eso es lo que diré, pues tampoco ellas dan chispas.
—¿Con un eslabón tan bueno como Tomás Crackit? —preguntó el judÃo con expresión de incredulidad—. Tomás es un seductor de primera fuerza, y usted sabe muy bien lo que son las mujeres.