Oliver Twist
Oliver Twist —Ninguna falta te hace ahora la cerveza —contestó Anita, cruzándose de brazos y sin moverse de la silla.
—Y yo te digo que sà —replicó Sikes.
—¡TonterÃas! —exclamó con calina glacial la joven—, puede usted continuar sin reparo, FajÃn: sé lo que va usted a decir, asà que, no le importe mi presencia.
El judÃo vacilaba, y Sikes paseó sus miradas de uno a otra reflejando honda sorpresa.
—Creo que no debe detenerte la presencia de la muchacha, FajÃn —dijo Sikes al fin—. La conoces de antiguo, y se me figura que si ella no te merece confianza, tendrás que dejar de depositarla hasta en el mismÃsimo diablo. La chica es poco aficionada a la murmuración, ¿no es verdad, Anita?
—Eso creo —contestó Anita, acercando la silla a la mesa y apoyando sobre ésta los codos.
—Si ya lo sé, hija mÃa… no lo dudo… pero…
El judÃo no terminó la frase.
—Pero, ¿qué? —inquirió Sikes.
—Que yo no sé si continuará tan prevenida en contra mÃa como la otra noche.