Oliver Twist
Oliver Twist —¡Sobrada! —añadió el judÃo—. Está en buenas manos desde hace algunas semanas, y hora es ya de que empiece a ganarse el sustento. Además: los otros son muy gruesos.
—En realidad es del tamaño que me conviene —murmuró Sikes.
—Y hará todo lo que usted le mande, mi querido amigo —repuso el judÃo—. Es de los que no saben resistirse… es decir, siempre que usted le atemorice.
—¿Atemorizarle? —repitió Sikes—. Puede que no me conforme con tan poca cosa, FajÃn. Si da un paso en falso o sospechoso luego que estemos metidos en harina, perdido por uno, perdido por mil: no volverás a verle vivo. Piénsalo bien antes de enviármelo, FajÃn —añadió con expresión feroz el ladrón, sacando una tranca de debajo de la cama.
—Lo tengo bien pensado —contestó el judÃo con energÃa—. No le pierdo un momento de vista, amigos mÃos; le observo de cerca… muy de cerca… Que se convenza de una vez de que es de los nuestros… que sea una sola vez ladrón… y ya no se nos escapa mientras viva… ¡Nuestro para siempre! ¡Oh! ¡Es una idea hermosa!
El viejo cruzó sobre el pecho los brazos con ademán de fervor, y movió la cabeza estremecido de júbilo.
—¿Nuestro? —observó Sikes—. Querrás decir tuyo.