Oliver Twist
Oliver Twist —Buenas noches, Anita —dijo el judÃo, abotonándose el levitón.
—Buenas noches.
Encontráronse las miradas de entre ambos, y FajÃn clavó sus ojos penetrantes en Anita. Esta no pestañeó siquiera. ¡Nada! ¡No habÃa duda! Estaba tan identificada con el negocio como pudiera estarlo Tomás Crackit.
El judÃo dio por segunda vez las buenas noches, y dando ligeramente con el pie al borracho, junto al cual hubo de pasar, abrió la puerta y descendió por la escalera.
—¡Lo de siempre! —murmuraba entre dientes el judÃo mientras se dirigÃa a su casa—. Tienen de malo esas mujeres que basta una insignificancia para despertar en ellas sentimientos dormidos de antiguo; pero tienen de bueno que aquéllos vuelvan a dormirse muy pronto.
Entreteniendo el camino con reflexiones tan agradables, no tardó FajÃn en llegar a su antro, donde le esperaba con gran impaciencia el Truhán.
—¿Se ha acostado ya Oliver? Necesito hablarle —dijo FajÃn en cuanto entró.
—Hace ya muchas horas —contestó el Truhán, abriendo una puerta—. Ahà lo tiene usted.