Oliver Twist
Oliver Twist —¡Imposible, pobre amigo mÃo! No puedes escapar. He hecho por ti cuanto he podido para que huyeras, pero no hay remedio. Estás cercado por todas partes, y si alguna vez has de escapar, cree que no será en esta ocasión.
El acento enérgico de la joven llenó de asombro a Oliver. Que hablaba con formalidad, harto lo demostraban la palidez de su cara y el temblor de sus miembros.
—Te libré una vez de crueles tratos —continuó la joven—, te libraré otras, y te estoy librando en ese momento, pues aquéllos en cuyo poder estás, con mayor dureza te tratarÃan si no fuera yo. He prometido que me seguirás sumiso y silencioso; si asà no lo haces, no has de conseguir otra cosa que empeorar tu reputación y perjudicarme a mÃ… ser tal vez causa de mi muerte. ¡Mira! Esto te dará idea de lo que por causa tuya he sufrido… tan cierto como Dios está en el Cielo.
Esto diciendo, la joven enseñó a Oliver sus brazos y cuello cubiertos de cardenales.
—¡No olvides lo que has visto —repuso la joven hablando con rapidez vertiginosa—, y procura no aumentar en este instante mis sufrimientos! Si pudiera ayudarte, con alma y vida lo harÃa; pero no me es posible. No piensan hacerte daño, y ten en cuenta que de lo que te obliguen a hacer, no puedes tú ser responsable… ¡Chitón! Cualquier palabra tuya me hace daño… Dame la mano… ¡Deprisa, deprisa! Dame la mano.