Oliver Twist
Oliver Twist —Por aquà —dijo la joven, soltando la mano de Oliver—. ¡Guillermo!
—¿Qué hay? —contestó Sikes, apareciendo en lo alto de la escalera con una vela en la mano—. Llegáis a tiempo… Sube.
Para un hombre del carácter de Sikes, aquellas palabras eran una acogida cordial que evidenciaban intensa satisfacción. Anita, agradecida al recibimiento, saludó complacida.
—He mandado fuera al perro y a Tomás —dijo Sikes—. Cuantos menos bultos, menos estorbos.
—Has hecho bien, contestó Anita.
—¿Conque ya tenemos aquà al corderillo? —dijo Sikes mientras cerraba la puerta de la habitación en la que los recién llegados acababan de entrar.
—SÃ, aquà está.
—¿Ha estado quieto?
—Como una oveja.
—Lo celebro por tu pellejo —dijo Sikes con acento feroz —que hubieras sufrido graves deterioros si te hubieses portado mal. Ven acá, rapaz, que voy a leerte un cuento que te conviene no olvidar.
Mientras dirigÃa las palabras anteriores a su nuevo discÃpulo, Sikes quitó a éste la gorra de la cabeza y la arrojó a un rincón, y luego, agarrándole por un brazo, le llevó hasta la mesa, frente a la cual tomó él asiento mientras, el niño permanecÃa en pie.