Oliver Twist
Oliver Twist Terminada la cena, a la que como se supondrá hizo poco honor Oliver, el bandido apuró dos vasos de aguardiente y se tumbó en la cama, mandando a Anita que le despertase a las cinco en punto, y amenazándola con mil horrores si dejaba incumplida su orden. Oliver, por orden de Sikes, se tendió vestido y calzado sobre un jergón, y la joven, por su parte, sentóse junto a la lumbre a fin de poder despertar a tiempo al ladrón.
Largo rato permaneció despierto Oliver, creyendo muy posible que la joven deslizara en sus oídos algún consejo provechoso, pero como aquélla permaneciera junto a la lumbre, sin moverse más que muy de tarde en tarde para avivarla, rendido de cansancio y agotado como resultado de su ansiedad, concluyó por dormirse.
Cuando despertó, sobre la mesa habían preparado el servicio de té y Sikes acondicionaba una porción de herramientas variadas en los bolsillos de un gabán colocado sobre el respaldo de una silla, mientras Anita preparaba con actividad el almuerzo. No era aún de día, puesto que la vela continuaba luciendo. La lluvia azotaba los vidrios de la ventana y el cielo estaba negro y amenazador.
—¡Arriba! —gruñó Sikes al ver que Oliver levantaba la cabeza—. Las cinco y media. Vuela, si no quieres quedarte sin almorzar, pues se va haciendo tarde.