Oliver Twist
Oliver Twist Durmieron, o aparentaron dormir, durante algún tiempo. Nadie se movió, excepción hecha de Barney que se levantó una o dos veces para echar carbón en la chimenea. Oliver había caído en un sopor profundo y soñaba que vagaba por tétricas callejuelas, que rondaban por lúgubres cementerios, cuando le despertó Tomás Crackit al ponerse en pie de un salto y declarar a grito herido que era la una y media.
Fue obra de un instante ponerse en pie los otros dos durmientes, quienes inmediatamente dieron comienzo con ejemplar actividad a los preparativos de la expedición. Sikes y su compañero se abrigaron el cuello y parte inferior de la cara con anchas bufandas negras y el cuerpo con sendos abrigos, mientras Barney, abriendo un armario, sacó diversos objetos que fue colocando en los bolsillos.
—Dame las ladradoras. Barney —dijo Crackit.
—Aquí están —contestó Barney, entregándole un par de pistolas—, cargadas por ti mismo.
—Muy bien —repuso Crackit guardándolas—. ¿Y los convincentes?
—Los tengo yo —contestó Sikes.
—¿Va todo? Ganzúas, berbiquíes, palanquetas, destornilladores, linternas sordas… ¿no se olvida nada? —preguntó Crackit, suspendiendo de su cintura una palanqueta.