Oliver Twist

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—Está todo —contestó su compañero—. No nos faltan más que las batutas… Dánoslas, Barney.

Barney entregó un garrote a cada uno.

—En marcha —dijo Sikes, tomando a Oliver por la mano.

El muchacho, rendido de resultas de la marcha, mareado por el ejercicio y más que nada por el alcohol, puso maquinalmente su mano en la que Sikes le tendía.

—Cógele la otra, Tomás, y tú, Barney, da un vistazo por fuera.

Salió el criado a la puerta y volvió segundos después anunciando que todo estaba tranquilo. Los dos ladrones salieron llevando a Oliver en medio, y Barney, luego que cerró la puerta de la casa, envolvióse de nuevo en la manta y no tardó en dormirse.

La obscuridad era profunda. La niebla, muchísimo más espesa que en las primeras horas de la noche, saturaba de tal suerte de humedad la atmósfera, que a los pocos minutos de haber salido de la casa, aunque no llovía, los cabellos y cejas de Oliver parecían púas aceradas por efecto de la cristalización del rocío en ellos depositado y helado. Cruzaron el puente y caminaron en derechura a las luces que antes había visto Oliver. La distancia no era grande, y como caminaban a buen paso, poco tardaron en llegar a Chertsey.


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