Oliver Twist

Oliver Twist

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Hasta entonces no había comprendido Oliver que el objetivo de la expedición era nada menos que penetrar con fractura en una casa para robar, y quizá para asesinar. El espanto, el pánico le enloquecieron. Retorciéndose desesperado las manos dejó escapar involuntariamente un grito ahogador de horror. Ante sus ojos pasó una nube rojiza, sudor helado inundó su cadavérico rostro, flaqueáronle las piernas, y cayó desplomado en tierra.

—¡Levántate! —rugió Sikes, sacando una pistola del bolsillo—. ¡Levántate, o te dejo los sesos pegados a la hierba!

—¡Por amor de Dios, déjeme marchar! —exclamó Oliver—. ¡Déjeme que huya lejos, muy lejos, que muera solo y abandonado en medio de los campos! ¡Jamás me acercaré a Londres… nunca, nunca! ¡Apiádese de mí, y no me obligue a ser ladrón! ¡Por todos los ángeles del Cielo, por lo que más querido le sea en el mundo, tenga lástima de mí!

El miserable a quien dirigió la ferviente plegaria lanzó una blasfemia horrenda y había amartillado ya la pistola dispuesto a cometer un asesinato, cuando Tomás se la arrancó de la mano y, tapando la boca al muchacho, le arrastró hacia la casa.


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