Oliver Twist

Oliver Twist

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—¡Chitón! —gruñó—. No es tiempo de suplicar. Si pronuncias una palabra más, te abro la cabeza con el garrote, que es la manera de despacharte sin ruido, con mayor seguridad y con menos escándalo. Haz saltar el postigo, Guillermo, que con eso tiene bastante el muchacho. Otros he visto de más edad que él que en noches de frío han seguido el mismo camino en un par de minutos de tiempo.

Sikes, renegando entre dientes de Fajín y maldiciendo de la mala ocurrencia del viejo al enviarle a Oliver para la expedición que entre manos llevaba, manejó con vigor pero sin ruido la pesada palanqueta, no tardando en dejar abierto el postigo.

Era una ventana pequeña, abierta a cinco pies del suelo a espaldas de la casa, y que daba a una especie de bodega. Tan poca luz tenía la ventana en cuestión, que los habitantes de la casa no estimaron necesario defenderla con alguna reja. Bastaba, sin embargo, para dar paso al cuerpo de Oliver.

—Ahora, muñeco, escucha bien y procura no olvidar palabra de lo que voy a decirte —dijo Sikes, sacando del bolsillo una linterna sorda y proyectando su luz sobre la aterrada cara de Oliver—. Vas a entrar por esa ventana. Toma esta linterna. Subirás sin hacer el menor ruido la escalera que encontrarás dentro, atravesarás el pasillo hasta llegar a la puerta principal, y la abrirás.


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