Oliver Twist
Oliver Twist —La puerta tiene en la parte superior un cerrojo al que tal vez no alcances —observó Tomás—. En el vestÃbulo encontrarás sillas. Súbete sobre el asiento de una y llegarás perfectamente. Hay tres, Guillermo, tres; todas ellas con su correspondiente unicornio azul sobre campo de oro, que son las armas de la señora.
—¡Quieta la lengua, si es que puedes! —replicó Sikes, dirigiendo a su compañero una mirada terrible—. La puerta de la habitación está abierta, ¿no es verdad?
—Completamente —contestó Tomás, después de mirar por la ventana—. Lo bueno del caso es que siempre la dejan abierta para que el perro, que duerme allÃ, pueda entrar y salir a su antojo. ¡Ja, ja, ja! Barney ha tenido la buena idea de librarnos de semejante estorbo.
Aunque Tomás pronunció las palabras anteriores en voz que parecÃa un susurro, y rió muy por lo bajo Sikes le ordenó imperiosamente que callara de una vez y pusiera mano a la obra. Obedeció Tomás, sacando ante todo su linterna y dejándola en tierra, después de lo cual apoyó su cabeza contra la pared, debajo de la ventana, y las manos sobre las rodillas, con lo que quedó convertido en banco viviente. Sikes saltó inmediatamente sobre su espalda, hizo pasar a Oliver por la ventana, llevando delante los pies, y no le soltó hasta dejarle sano y salvo en e suelo.