Oliver Twist
Oliver Twist O mentÃan descaradamente las apariencias, o maldita la prisa que Tomás tenÃa de romper el fuego de la conversación. En los primeros momentos, conformóse el judÃo con estudiar pacientemente su rostro cual si en la expresión del mismo esperara encontrar las explicaciones que con verdadera ansiedad deseaba oÃr; pero fue en vano. La cara de Tomás revelaba cansancio, agotamiento de fuerzas, pero conservaba la misma tranquilidad, la complacencia misma que le era habitual, y aunque sucio, con la barba crecida y el cabello en desorden, brillaba en sus ojos el contentamiento consiguiente a la persuasión en que Tomás estaba de que nadie podÃa competir con él en elegancia. El judÃo, muerto de impaciencia al cabo del rato, seguÃa con mirada angustiada cuantos bocados llevaba su huésped a su boca, midiendo la estancia a zancadas. Su excitación era tremenda, pero perfectamente inútil. Tomás seguÃa comiendo con la mayor indiferencia, y no dio reposo a sus mandÃbulas hasta que le fue imposible engullir más. Entonces mandó salir de la habitación al Truhán, cerró la puerta, echóse al coleto un vaso de aguardiente, y se dispuso a hablar.
—Empezaremos primero por el principio, FajÃn —dijo.
—¡SÃ, sÃ! —contestó el judÃo, acercando su silla.