Oliver Twist
Oliver Twist FajÃn, a quien todo aquello traÃa sin cuidado, hombre en cuyo pecho no tenÃan cabida las emociones, escudriñaba con mirada anhelante las caras del auditorio, pero sin encontrar al parecer la que buscaba. Como al cabo del rato tropezaran sus ojos con los del presidente de la sala, hÃzole una seña imperceptible y salió de la estancia tan sigilosamente como habÃa entrado.
—¿Qué desea usted, señor FajÃn? —preguntó el presidente, que salió inmediatamente detrás del judÃo—. ¿Desea ser de los nuestros? Le aseguro que no habrÃa uno que no se alegrase.
El judÃo movió con impaciencia la cabeza, y preguntó con voz m baja:
—¿Está él aqu�
—No —contestó el interrogado.
—¿No hay noticias de Barney?
—Ni una. Tenga usted por seguro que no dará señales de vida hasta que se disipe la tormenta. Le siguen la pista, eso es indudable, y si en estas circunstancias se dejase ver le pescarÃan de fijo. Nada ha debido ocurrir a Barney, puesto que nada se dice de él. De todas manera esté usted tranquilo, que no es Barney de los que se ahogan aunque agua les llegue hasta el cuello.
—¿Vendrá esta noche aquél? —preguntó FajÃn, recalcando la palabra aquél.
—Se refiere usted a Monks, ¿verdad?