Oliver Twist
Oliver Twist No dejaba de ser curioso observar algunas de las fisonomÃas de los que más se destacaban en la concurrencia. En primer lugar, el presidente, que era el mismÃsimo dueño del establecimiento, individuo de cara embrutecida y cuerpo de atleta, mientras se ejecutaron los números anteriores, no daba punto de reposo a sus ojos, que lo escudriñaban todo, ni a sus oÃdos, por cierto muy finos, que todo lo oÃan. A su derecha e izquierda estaban los dos cantantes, recibiendo con indiferencia profesional los cumplimientos del auditorio y apurando docenas de vasos de licores que por doquier les ofrecÃan sus admiradores más entusiastas, cuyas cataduras llevaban impreso el sello de los vicios más abyectos, llegando hasta el punto de llamar de una manera irresistible la atención a fuerza de ser repulsivas. Allà se mostraban bajo el aspecto más hediondo, la astucia, la ferocidad, la borrachera. Pero los tonos más tristes, más desconsoladores, más sombrÃos del cuadro, los daban las mujeres, unas que conservaban aún tonalidades borrosas de su frescura juvenil otras desecadas ya por el vicio, sin conservar el vestigio más insignificante de lo que su sexo tiene más preciado, manchadas por la disolución y el crimen. Las habÃa niñas todavÃa y las habÃa ya mujer pero ninguna habÃa rebasado la primavera de la vida.