Oliver Twist

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Hizo el tabernero eco a las carcajadas de Fajín y entró nuevamente en la sala. En cuanto el judío se encontró solo, su rostro recobró la expresión de ansiedad anterior, y al cabo de algunos momentos de reflexiones, llamó un coche y se hizo conducir a Bethnal Green. A un cuarto de milla de distancia de la residencia de Guillermo Sikes despidió el carruaje e hizo el resto del camino a pie.

—Si aquí hay gato encerrado —murmuró el judío mientras llamaba a la puerta—, yo lo descubriré, hija mía, por ladina y astuta que seas.

Anita estaba en su cuarto, según dijo la criada. Fajín subió la escalera sin hacer ruido y entró sin ceremonia en la habitación. La joven estaba sola, apoyada la cabeza sobre la mesa y con el cabello en desorden.

—O está borracha o apenada —pensó con frialdad el judío.

Al mismo tiempo que el viejo se hacía esta reflexión, cerraba la puerta, y el ruido de ésta al cerrarse despertó a la muchacha. Anita clavó sus ojos en la astuta cara del judío, preguntóle si tenía noticias y escuchó la historia narrada a Fajín por Tomás Crackit. Terminada la narración, adoptó de nuevo la postura anterior sin despegar los labios, empujó dos

o tres veces con impaciencia el candelero que sobre la mesa había, hizo algunos movimientos febriles, pateó el suelo, y hada más.


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