Oliver Twist
Oliver Twist —¡Siga usted, siga usted! —dijo Monks con impaciencia.
—Vi que no era fácil hacerle entrar en vereda —repuso el judÃo—. En nada se parece a los demás muchachos que se encuentran en circunstancias parecidas a las suyas.
—¡Que no se lo llevara el demonio… o hiciera de él un miserable!
—Me ha sido imposible convertirle, ni por medio de la persuasión, ni recurriendo a amenazas —continuó el judÃo, acechando con manifiesta inquietud la expresión de cara de su interlocutor—. Está limpio de culpa, no ha entrado por uvas, hasta hoy, y como consecuencia, me encuentro sin armas con que atemorizarle, armas indispensables en los comienzos de nuestros trabajos catequÃsticos, si no queremos exponernos a que nos ocurra lo que al que predica en desierto. ¿Qué podÃa yo hacer? ¿Enviarle a la calle con el Truhán y Carlos Bates? Lo hice, y quedé escarmentado para siempre, amigo mÃo… Las consecuencias me hicieron temblar por todos nosotros.
—No fue culpa mÃa —observó Monks.