Oliver Twist
Oliver Twist —¡No serÃa por culpa mÃa! —interrumpió Monks con violencia, mirando con expresión de espanto a su interlocutor—. ¡Téngalo usted muy presente, FajÃn! ¡Me lavo las manos! Desde el principio le dije a usted que todo menos matarle. No me gusta la efusión de sangre, que siempre deja rastros y por añadidura persigue a un hombre como fantasma implacable. Si lo han muerto, la culpa no es mÃa, ¿entiende usted? Pero… ¡Maldita sea esta huronera infernal! … ¿Qué es eso?
—¿El qué? —preguntó el judÃo, abrazándose al cobarde con entrambos brazos a tiempo que se ponÃa en pie—. ¿Dónde?
—¡Allá!.. —exclamó Monks, fijos sus ojos en el muro de enfrente—. ¡La sombra!.. ¡He visto pasar como una exhalación la sombra de una mujer, envuelta en un manto y con sombrero!…
—¡Visiones tuyas! —dijo el judÃo levantando la luz y volviéndose hacia su compañero.
—¡He visto una sombra de mujer, lo juro! —insistió Monks temblando—. Cuando la descubrÃ, estaba quieta, con el cuerpo inclinado hacia delante, pero en cuanto hablé, desapareció.
El judÃo miró despectivamente a su compañero y echó escalera arriba diciéndole que podÃa seguirle si lo deseaba. No dejaron habitación que no escudriñaran: todas las encontraron desiertas. Bajaron hasta la cueva; ¡nada! Por doquier reinaba un silencio de muerte.