Oliver Twist
Oliver Twist Los perros, tan poco contentos, al parecer, como sus amos con el género de caza a que los habÃan lanzado, obedecieron la orden a la primera intimación, y los hombres que se habÃan destacado algún tanto del ejército de perseguidores, y que sumaban tres, hicieron alto para deliberar.
—Mi parecer… mejor dicho, mi orden es que volvamos inmediatamente a casa —dijo el más grueso de los tres.
—Todo lo que al señor Giles parezca bien, lo encuentro yo de perlas —contestó el más pequeño de la trinidad, hombre que nada tenÃa de delgado aunque sà mucho de palidez en su rostro, mucha finura en el decir, y muchÃsimo miedo en el corazón.
—No cometeré yo la descortesÃa de llevarles la contraria, señores —dijo el tercero, que era el mismo que acababa de llamar a los perros—. El señor Giles sabe muy bien lo que hace.
—¿Qué duda cabe? —exclamó el bajo—. Ni podemos ni debemos ofrecer la oposición más ligera a las instrucciones del señor Giles. ¡No, no! Gracias a Dios, conozco cuál es mi posición y sé a lo que ésta me obliga.