Oliver Twist
Oliver Twist Ocurrió que, en aquel momento los valerosos Giles, Britles y el calderero ambulante se reponían en cocina de las fatigas y peligros de noche pasada, reforzando sus estómagos con apetitosas viandas y regando éstas con sendas tazas excelente té. No vayan a figurarse los lectores que el señor Giles lleva su condescendencia hasta el extremo de permitir que le tratasen con familiaridad los criados de condición menos elevada que la suya; se engañarían lastimosamente si tal creyeran. El señor Giles solía tratarlos con cierta afabilidad altiva, esa afabilidad digna que tan bien sienta las personas deseosas de que nunca ni en ningún caso quede desconocida u olvidada su jerarquía social; pero como la muerte, los incendios y los robos a mano armada igualan a todos los hombres, el señor Giles estaba sentado en la cocina, cruzadas las piernas al amor de la lumbre con el codo izquierdo sobre la mesa, mientras accionaba con severa propiedad el brazo derecho, acompañando una explicación detallada circunstancial del robo, explicación que su auditorio, y muy especialmente la cocinera y la doncella, que del mismo formaban parte, escuchaba con avidez.