Oliver Twist

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—Serían poco más o menos las dos y media —decía el señor Giles—, aunque si me pidieran juramento no me atrevería a afirmar que no fueran muy cerca de las tres cuando desperté, y al darme un vuelta en la cama, parecida a ésta —Giles dio media vuelta en la silla tirando al propio tiempo de una las puntas del mantel, con el que se envolvió—, creí oír un ruido.

En este punto de la narración, palideció la cocinera y rogó a la doncella que cerrase la puerta; la doncella transmitió el ruego a Britles y éste a su vez al calderero, el cual se hizo el sordo.

—… creí oír un ruido —repitió Giles—. Al principio, me dije, «será una ilusión»; pero cuando me disponía a dormirme otra vez, cátate que oigo de nuevo el ruido, pero muy claro, muy distinto.

—¿Qué clase de ruido era? —preguntó la cocinera.

—Una especie de ruido indefinible, sordo —contestó Giles, mirando a sus oyentes.

—Más bien el que suele producir una palanqueta de hierro cuando separa los barrotes de una reja —terció Britles.

—Eso fue cuando lo oíste tú —replicó Giles—; pero no en el momento de que hablo. Me desembocé entonces —el señor Giles soltó el mantel que había echado sobre su cuerpo—, me senté en la cama, y presté oído atento.


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