Oliver Twist

Oliver Twist

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—¡Dios mío! —exclamaron a un tiempo la cocinera y la doncella.

—Esta vez lo oí muy claro —repuso Giles—, y me dije: «Alguien está forzando la puerta o alguna ventana, ¿qué haces, Giles? Llamaré al pobre Britles, no sea que le corten la cabeza o lo estrangulen en la cama sin que se dé cuenta siquiera»

Los ojos de todos los circunstantes se volvieron hacia Britles, quien tenía los suyos fijos en el narrador, y le contemplaron con la boca abierta y expresión de horror.

—Pues, señor —continuó Giles, clavando los ojos en la cocinera y en la doncella—, tiré a un lado las ropas de la cama —Giles tiró a un rincón el mantel de la mesa—, salté fuera de ella sin hacer ruido, me puse un par de…

—¡Cuidado, señor Giles, que hay señoras delante! —interrumpió el calderero.

—… de zapatos, señor mío —repuso Giles, volviéndose hacia el calderero y acentuando bien la palabra—, empuñé una pistola cargada que siempre tengo junto a la caja de la plata de la mesa, y caminando sobre las puntas do los pies, bajé a la habitación de Britles, a quien dije, después de haberle despertado: «¡No te asustes, Britles!»

—Exacto —dijo Britles.


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