Oliver Twist
Oliver Twist Y lo estaba en realidad. Cuando trajeron luces, vieron que en el breve tiempo transcurrido desde que llegaron a casa, a las rosas de sus mejillas había sucedido una palidez marmórea. Su rostro, sin perder nada de su belleza, estaba alterado, y sus ojos, tan serenos como el azul del cielo, reflejaban expresión de vaga inquietud. Al cabo de un minuto, cesó la palidez y sus mejillas se cubrieron de vivos arreboles purpúreos, y su mirada, tan dulce siempre, se extravió. No tardaron en desaparecer estos fenómenos, que pasaron sobre su rostro como una nube de verano, para volver la palidez, lívida, más mortal que antes.
Oliver, que observaba anhelante a la anciana, notó que ésta se alarmaba, y él se alarmó también; pero como reparara en que aquélla fingía no concederles importancia, procuró él hacer otro tanto, consiguiéndolo en tal medida, que cuando Rosa, siguiendo las indicaciones de su tía, se retiró a descansar, había recobrado su confianza y hasta parecía encontrarse mejor, tanto, que aseguró que confiaba despertar a la mañana siguiente restablecida por completo.
—Espero, señora, que esto no tendrá importancia —dijo Oliver cuando quedó a solas con la anciana—. No parece que la señorita se encuentra muy bien esta noche; pero…