Oliver Twist
Oliver Twist Sorprendió no poco a Oliver ver que la dama, no bien pronunció las palabras anteriores, se sobrepuso de repente a su aflicción y dio pruebas de la mayor firmeza de ánimo y energía. Mayor fue todavía su asombro al ver que la firmeza no la abandonaba en los días sucesivos, al encontrarla siempre serena, siempre resignada, cumpliendo sus deberes con entereza ejemplar. Verdad es que Oliver, como niño que era, ignoraba de cuánto son capaces las almas fuertes probadas por el huracán del infortunio. ¡Cómo había de saberlo él, si los mismos que poseen esa fuerza no suben medir su alcance!
Siguió una noche de ansiedad y de temor. Cuando amaneció, las tristes predicciones de la señora Maylie se habían visto demasiado confirmadas por los hechos: Rosa había entrado en la primera fase de una fiebre alta y peligrosa.
—Precisa, mi querido Oliver, acudir al remedio con actividad, en vez de consentir que nos domine un dolor estéril —dijo la señora Maylie, poniendo un dedo sobre su boca y mirando con fijeza al muchacho.
El doctor Losberne debe recibir lo antes posible esta carta. Hay que llevarla al pueblo, que dista cuatro millas escasas si se sigue un sendero de travesía por los campos, y entregarla allí a un mensajero que a todo el correr de un caballo se encargue de conducirla a Chertsey. El mismo dueño de la posada se obligará a cumplir la comisión, y cuento contigo para todo lo demás.