Oliver Twist
Oliver Twist Densa palidez habÃa cubierto el rostro de Rosa no bien vio entrar a Enrique. No seamos maliciosos, que muy bien podÃa aquélla ser efecto de la reciente enfermedad. Cuáles fueran sus pensamientos, no es posible saberlo, pues limitóse a inclinarse sobre una maceta que cerca de su silla habÃa y esperó callada a que Enrique se explicase.
—He debido… creo… me parece que debÃa haberme marchado ya —dijo Enrique.
—En efecto —contestó Rosa—. Me perdonarás que te lo diga; pero desearÃa que te hubieses ido ya.
—Me trajo aquà el más doloroso, el más cruel de los temores —repuso el joven—, el miedo de perder para siempre a la persona querida en la cual tengo concentrados todos mis deseos y esperanzas. Estabas moribunda, Rosa, suspendida entre el Cielo y este mundo material. Todos sabemos que cuando la enfermedad visita a las personas llenas de vida, a las que son prodigios por la hermosura y ángeles por la bondad, sus espÃritus inmaculados tienden insensiblemente a refugiarse en la brillante mansión del eterno descanso, y no ignoramos que, con dolorosa frecuencia, la parca fatal siega los tallos de las flores más hermosas del género humano.