Oliver Twist

Oliver Twist

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—¡Un ángel —repuso el joven con acento apasionado—, una criatura tan hermosa, tan inocente, tan limpia de culpa como los mismos ángeles del Cielo, suspensa entre la vida y la muerte! ¡Oh! ¿Quién podía esperar que, cuando aquélla mansión lejana y celestial para la cual ha nacido le medio abría sus puertas, se decidiría a permanecer entre nosotros, para compartir las penas y miserias de esta vida de dolores? ¡Rosa, Rosa! ¡Tener la cruel convicción de que ibas a disiparte como una sombra, a extinguirte como una luz que Dios envió a la tierra para que brillase un momento nada más, perder las esperanzas de conservarte para los que acá abajo sufrimos, más aún, comprender que no es éste tu mundo, porque los ángeles en el Cielo están, saber que tu centro está en aquella mansión brillante hacia la que casi todos los seres privilegiados han emprendido su temprano vuelo; y sin embargo, pedir llorando a Dios que te dejase entre los que acá abajo te aman, son tormentos demasiado crueles para las fuerzas humanas! Pues bien: yo los sufrí, día y noche; a ellos se unió el temor indecible y el sentimiento egoísta de que murieras sin saber al menos cuán ardientemente te amo. No sé cómo los embates del dolor no me arrebataron la razón. Has curado. De día en día, de hora en hora, ha vuelto la salud, gota a gota, y aquel hilo débil de vida que circulaba con languidez por tu cuerpo, hoy es ya torrente impetuoso. He acechado ese feliz paso de la muerte a la vida con ojos que humedecían el anhelo, la ansiedad y el cariño más hondo… ¡No me digas que hubieses deseado privarme de ese espectáculo, que te aseguro que ha despertado en mi corazón una piedad inmensa hacia toda la humanidad doliente!


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