Oliver Twist

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Parece que la enfermedad no había dulcificado el temperamento de Sikes, pues mientras la joven le ayudó a dejar la cama y a sentarse en una silla, su boca no cesó de barbotar imprecaciones y blasfemias, matizadas con quejas sobre la torpeza de su enfermera, a la que concluyó por pegar.

—¿Ya estás lloriqueando? —gruñó Sikes—. ¡A callar! ¿Oyes? ¡si no sabes hacer otra cosa, preferible es que revientes de una vez! ¿Me entiendes?

—Sí, hombre, sí; te entiendo —contestó la muchacha con risa forzada—. ¡Qué cosas se te ocurren a veces!

—Parece que lo has pensado mejor, ¿eh? —dijo Sikes, viendo que temblaba una lágrima en las pestañas de Anita—. ¡Tanto mejor para ti!

—¿Es que tenías gana de pegarme esta noche, Guillermo? —preguntó la joven, poniéndole una mano sobre el hombro.

—¡Bah! ¿Por qué no?

—Hace muchas noches —dijo la muchacha, poniendo en su voz acentos de ternura que le dieron cierta dulzura—, hace muchas noches que te cuido y atiendo como si fueras un niño; vuelves en ti hace un momento, y lo primero que se te ocurre es pegarme. No te hubieras comportado así, si hubieses reflexionado, ¿verdad? ¡Vamos! ¡Dime que no!


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