Oliver Twist
Oliver Twist —¡Bueno! … ¡No lo hubiera hecho! ¡Por vida de…! ¿Otra vez llorando?
—No es nada, Guillermo, no hagas caso —respondió la joven dejándose caer sobre una silla. Pronto se me pasará.
—¿Y qué es lo que pasará pronto? —gritó Sikes con furia salvaje—. ¿Qué tonterÃas son ésas? Levántate, trabaja, haz algo, y no me desesperes con tus locuras de mujer.
En otras circunstancias, aquellas palabras, y sobre todo, el tono con que fueron pronunciadas habrÃan producido el efecto deseado; pero, la muchacha, extenuada y falta de fuerzas, inclinó su cabeza sobre el respaldo de su silla y se desmayó, antes que el señor Sikes tuviera tiempo de intercalar unos cuantos juramentos apropiados, que en circunstancias parecidas solÃan ser compañeros obligados de sus amenazas. No sabiendo qué hacer en aquel caso verdaderamente excepcional, pues los accesos de histerismo de la señorita Anita eran de ordinario de los que producen en el paciente deseos de pelea. Sikes recurrió primero a las blasfemias, y como observara que éstas eran ineficaces, pidió socorro.
—¿Qué pasa aquÃ? —preguntó FajÃn abriendo la puerta.
—Cuida de esa chica —contestó Sikes con impaciencia—. CuÃdala, pero sin charlar tanto ni mirarme con ojos de bruto.