Oliver Twist

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—Voy a darte ese dinero, Anita dijo el judío luego que quedaron solos—. Esta llave es la de la alacena en que guardo las chucherías que me traen esos buenos muchachos, que en cuanto al dinero, nunca lo encierro, hija mía, porque… ¡ja, ja, ja, ja! ¡porque no tengo dinero que encerrar! Ya ves si la razón es convincente. El oficio está perdido, Anita, perdido sin remedio. Lo habría dejado ya tiempo ha; pero me gusta ver en mi derredor a esos buenos muchachos, y por eso lo sobrellevo… lo sobrellevo… ¿Qué es eso? —dijo, escondiendo con precipitación la llave.

—¿Has oído?

No pareció que interesase poco ni mucho a la muchacha, que cruzada de brazos estaba sentada frente a la mesa, la llegada de ninguna persona, extraña o conocida, hasta que hirió sus oídos el murmullo de una voz de hombre, pero apenas sonó ésta, quitóse el sombrero y el chal y con la rapidez del rayo los arrojó debajo de la mesa. Cuando un segundo más tarde se volvía hacia ella el judío, oyó éste que la joven se quejaba de sentir mucho calor con una languidez que contrastaba singularmente con la extremada ligereza de su movimiento anterior, que no había observado Fajín, vuelto de espaldas hacia ella cuando lo hizo.


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