Oliver Twist

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La habitación quedó sola durante media hora, acaso más. A poco de haber vuelto a ella la joven, tan sigilosamente como había salido, sonaron en las escaleras vasos de los dos hombres, que bajaban. Monks se fue en derechura a la calle, al paso que el judío subió de nuevo escalera Cuando volvió encontró a Anita con el sombrero puesto y echándose el chal sobre los hombros, como disponiéndose a marchar.

—¿Qué te pasa, Anita? —preguntó el judío al dejar la luz sobre la mesa—. ¡Qué pálida te encuentro!

—¡Pálida! —repitió la muchacha, poniendo las manos sobre sus ojos a guisa de pantalla como para mirar de frente al judío.

—¡Horriblemente pálida, sí! ¿Qué has hecho mientras te hemos dejado sola?

—Que yo sepa, no he hecho otra cosa que aguantar con paciencia la eterna espera que el visitante me ha proporcionado —contestó la joven con negligencia—. ¡Vaya! ¡Despachemos pronto, que tengo prisa!

El judío contó el dinero, exhalando un suspiro por cada moneda que pasaba por sus dedos, lo entregó a Anita, y ésta se fue sin que se cruzara entre ella y Fajín más palabras que las «Buenas noches» de despedida.


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