Oliver Twist
Oliver Twist Dirigíase a un hotel situado en una calle tranquila, pero de las más elegantes, no lejos del Hyde Park. Un farol pendiente sobre la puerta, que derramaba torrentes de viva luz sobre la calle, guió sus pasos. La joven llegó hasta frente a la puerta, se detuvo como irresoluta, pero sonaron en aquel instante las once, y cual si la voz de la campana disipase sus vacilaciones, penetró resueltamente en el Vestíbulo, Después de pasear alrededor una mirada de incertidumbre, adelantó hacia la escalera.
—¡Eh… joven! —gritó una mujer, vestida con atildado esmero—. ¿Qué busca usted aquí?
—A una señora que vive aquí —contestó Anita.
—¡Una señora! —replicó la portera midiendo a Anita de pies a cabeza—. ¿Qué señora es ésa?
—La señorita Maylie —dijo Anita.
La portera, que ya había examinado a su sabor a Anita, limitóse a dirigirle una mirada de desdén llena de virtud, y llamó a un hombre, a quien nuestra conocida hizo la misma pregunta.
—¿A quién he de anunciar? —preguntó el llamado.
—Es inútil que le diga mi nombre, puesto que la señorita no me conoce.
—¿Y el objeto de su visita?
—Ni el nombre ni el objeto de mi visita. Necesito ver a la señorita, y nada más.