Oliver Twist
Oliver Twist Y no era sólo este espectáculo, con ser tan lúgubre, lo que impresionaba y deprimÃa a Oliver. Encontrábase solo en lugar extraño, y es natural que su terror llegase a lo inconcebible, pues a cualquiera de nosotros, aun a los que por más valientes nos tengamos, nos sucederÃa otro tanto si en situación análoga nos encontráramos. CarecÃa de amigos que se interesaran por él, o por quienes él pudiera interesarse; no tenÃa que llorar la ausencia de una persona amada, la muerte de un ser querido ni en su corazón pesaba como losa de plomo el recuerdo de un rostro adorado; pero esto no obstante, gemÃa su corazón; su tristeza era infinita. Al revolverse en su estrecha cama, hubiera deseado que ésta fuera un ataúd, y que le dejaran dormir tranquilo el sueño eterno de la muerte en el cementerio, a la sombra de la lozana hierba que creciera sobre su cuerpo, arrullado por el doblar grave y fúnebre de las campanas.
A la mañana siguiente le despertó el ruido de una patada descargada con furia contra la puerta de la tienda, patada veinte veces repetida con cólera durante el breve tiempo que invirtió en vestirse, y cuenta que lo hizo más que deprisa. Mientras corrÃa los cerrojos, cesaron las patadas y gritó el propietario sin duda, de las extremidades que acocearon la puerta:
—¿Abrirás de una vez?
—¡Corriendo, señor! —respondió Oliver, dando una vuelta a la llave.