Oliver Twist

Oliver Twist

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—Supongo que serás el nuevo aprendiz, ¿no? —preguntó la misma voz por el ojo de la llave.

—Sí, señor —contestó Oliver.

—¿Cuántos años tienes?

—Diez, señor.

—Entonces, prepárate a recibir una tanda de palos en cuanto entre. Yo te enseñaré, miserable galopín, a tenerme siglos enteros esperando a la puerta.

Anunciados unos propósitos tan halagüeños, el de la voz comenzó a silbar.

Había experimentado Oliver demasiadas veces los efectos del cumplimiento de promesas análogas a la que acababan de hacerle; para que se le ocurriera dudar, ni por un momento, que el propietario de la voz, quienquiera que fuese, haría honor a la palabra empeñada. Acabó, pues, de descorrer los cerrojos con mano trémula, y abrió la puerta.

A nadie vio. Dirigió temerosas miradas a derecha e izquierda, creyendo que el desconocido que le dirigiera la palabra por el ojo de la llave estaría paseando para entrar calor, y como no viera a nadie que a un muchachote de la Casa de Caridad, que sentado sobre un guardacantón frente a la casa comía con avidez una rebanada de pan con manteca, que dividía en trozos tamaño de su boca con una navaja a él se dirigió diciendo:

—Perdone usted, señor; ¿es usted el que llamaba?


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