Oliver Twist
Oliver Twist —Yo soy el que daba patadas —respondió el interrogado.
—¿Necesita algún ataúd? —preguntó con ingenuidad Oliver.
El muchachote de la Casa de Caridad se puso hecho una furia.
—¡Tú vas a necesitarlo muy pronto —contestó— si tienes el atrevimiento de gastar bromas semejante con tus superiores! ¿No sabes quién soy, miserable expósito? —gritó el energúmeno, descendiendo del guardacantón con edificante gravedad.
—No, señor —contestó Oliver—. Soy el señor Noé Claypole, tú eres mi subordinado. ¡Abre las puertas, sinvergüenza!
El señor Claypole apoyó su orden con una patada administrada a Oliver, y entró en la tienda con aire de dignidad poco en armonÃa con su grosera catadura, pues, en realidad la prosopopeya y aire de dignidad ha de contrastar por necesidad con un individuo de cabeza inmensa, ojos pequeños, nariz aplastada, boca semejante y extenso desgarrón y fisonomÃa brutal y grosera, y con doble motivo, si a tantos atractivos fÃsicos se une una nariz colorada y una tez amarilla.