Oliver Twist
Oliver Twist —¡Que pesa mucho! ¿Qué disparates estás diciendo? ¿Es que sirves para nada? —replicó el viajero macho, pasando al otro hombro el pequeño lÃo que llevaba—. ¡Dios de Dios! ¿Otra vez parada? ¡Si lo que estás haciendo no es para concluir con la paciencia de todos los santos del Cielo, que venga el diablo y lo vea!
—¿Nos falta mucho para llegar? —preguntó la mujer, recostándose contra un poste y secándose con revés de la mano el sudor que in daba su cara.
—¡Que si falta mucho! Allá es el término de nuestro viaje —respondió el viajero extendiendo un brazo—. ¿Ves aquella claridad? Pues son las luces de Londres.
—Me parece que nos quedan por lo menos dos millas largas —añadió la mujer con desaliento.
—Tanto monta que sean dos como veinte —replicó Noé Claypole, que él era en persona el compañero de la mujer—. ¡Ea! ¡En marcha, si no quieres que despierte tu actividad a patadas!
Como quiera que la nariz de Noé, coloreada de suyo, se ponÃa más y más encendida cuando la cólera rugÃa en el pecho de su propietario, y como por otra parte, éste cruzó con paso vivo el camino mientras hablaba, la mujer se levantó sin replicar y reanudó penosamente la marcha.