Oliver Twist
Oliver Twist —¡Nadie! —contestó Bates con voz de bajo profundo—. ¡Absolutamente nadie!
—Entonces… ¿por qué disparatas? ¿A qué vienen esos lloriqueos? ¿Se puede saber lo que quieres?
—¿Que por qué lloriqueo? —replicó Bates, arrastrando por las oleadas de su pena hasta el punto de desafiar lisa y francamente a su venerables maestro—. Lloriqueo porque su causa no se hará pública; lloriqueo porque no se ocupará de él la prensa, porque no resonarán sus proezas por todos los ámbitos del Reino Unido, porque nadie llegará jamás a saber la mitad siquiera de lo que el Truhán valÃa. ¿Qué lugar ocupará en el calendario de Newgate? ¡Quién sabe si ni figurará en él! ¡Dios mÃo… Dios mÃo! ¿Puede concebirse desgracia más espantosa?
—¡Ah! —exclamó el judÃo, volviéndose con cara risueña hacia Bolter—. Viendo está usted el entusiasmo, el orgullo que les inspira su profesión. ¡Es realmente hermoso, consolador!
Por medio de un ademán exteriorizó Bolter su asentimiento, y el judÃo, después de contemplar durante algunos segundos con satisfacción evidente el aire apesadumbrado de Bates, acercóse a él, le dio unas palmaditas en la espalda, y le dijo con expresión afectuosa: