Oliver Twist

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—No me encuentro bien, conforme antes te dije, y quisiera respirar el aire puro de la calle.

—Saca la cabeza por la ventana y tienes conseguido tu objeto —replicó Sikes.

—No me basta: necesito respirarlo en la calle.

—Pues en la calle no lo respirarás.

Levantándose de pronto, cerró la puerta con llave, quitó a Anita el sombrero y lo arrojó sobre un armario, diciendo:

—Quieras o no, habrás de estarte quietecita en casa.

—No será el sombrero el que me impida salir —dijo la joven, poniéndose espantosamente pálida—. ¿Qué es lo que te propones, Guillermo? ¿Sabes lo que haces?

—¿Que si sé lo que…? ¡Vaya! —exclamó Sikes, volviéndose hacia Fajín—. ¡Ha perdido el juicio, pues de no ser así, no obraría como obra!

—¡Me obligarás a tomar una resolución desesperada! —exclamó la muchacha, oprimiéndose el pecho con entrambas manos, cual si necesitase de todas sus fuerzas para contener los latidos de su corazón—. ¡Déjame salir… pero enseguida… ahora… en este instante!

—¡No! —rugió Sikes.

—¡Dígale usted que me deje salir, Fajín! ¡Será mejor… mejor para él! ¿No me oye? —gritó Anita, dando una patada en el suelo.


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