Oliver Twist

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Quedó Sikes mirándola con fijeza, esperando una oportunidad favorable, y cuando ésta se presentó, agarróla de pronto por las manos y la llevó arrastrando hasta la reducida estancia contigua, donde la sentó en una silla obligándola a permanecer sentada a viva fuerza. La muchacha se debatió con furia, luchando unas veces y llorando y suplicando otras, hasta que, cuando sonaban las doce, vencida, agotadas sus fuerzas, dejó de resistir. Sikes, después de ordenarla que no volviera a insistir en salir aquella noche, orden que acompañó con una letanía interminable de blasfemias e imprecaciones, la dejó sola y salió a reunirse con el judío.

—¡Canastos! —exclamó el bandido, secándose el sudor que a mares inundaba su frente, ¡Vaya una mujer rara!

—¡Y tanto, Guillermo, y tanto! —contestó el judío con expresión recelosa.

—¿Qué demonios habrá tenido el capricho de meter en su cabeza la estrambótica idea de salir esta noche? ¿Qué me dices, Fajín? Tú que la conoces a fondo, tal vez puedas explicarme el por qué de ese capricho.

—Obstinación… terquedad de mujer, supongo —contestó el judío encogiéndose de hombros.

—¡Eso debe ser! —gruñó Sikes—. ¡Yo creía que la había domado, pero veo que continúa tan mala como siempre!


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