Oliver Twist

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—¡Continúa peor! —replicó el judío, pensativo—. Nunca la he visto que se pusiera así por tan poca cosa.

—Ni yo tampoco —dijo Sikes—. Quizá se le ha contagiado la calentura y se encuentra bajo sus efectos: ¿no te parece?

—Pudiera ser.

—La sangraré yo mismo sin llamar al médico, si el acceso vuelve a repetirse.

El judío aprobó el tratamiento con un movimiento de cabeza.

—Mientras estuve enfermo, ni de día ni de noche se separó de la cabecera de mi cama, mientras tú, demostrando una vez más que tienes corazón de lobo, ni una vez te presentaste en mi casa. Nuestra miseria en esos días fue espantosa, y no me extrañaría poco ni mucho que su mollera se haya resentido de tantos días de encierro, y que ahora quiera desquitarse tomando el aire: ¿no te parece?

—Eso será, amigo mío… ¡Pschist!

Mientras el judío estaba hablando, la muchacha reapareció en la estancia y fue a sentarse en el mismo sitio que antes ocupó. Tenía los ojos hinchados y muy encendidos. Una vez sentada, comenzó a mecerse moviendo acompasadamente la cabeza y, al cabo de pocos momentos, rompió a reír estrepitosamente.


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