Oliver Twist
Oliver Twist —¡Cristo! ¡Ya la tenemos del otro lado! —exclamó Sikes, mirando con sorpresa a FajÃn.
HÃzole éste una seña para que no hablara más del asunto, y poco después, la muchacha se tranquilizaba y recobraba su aspecto normal. El judÃo, luego que aseguró en voz muy baja a Sikes que no habÃa peligro de que Anita volviera por entonces a las andadas, tomó su sombrero y dio las buenas noches. Llegado a la puerta, se detuvo, volvió la cabeza, y preguntó si no habÃa quien le hiciera el favor de alumbrarle mientras bajaba la escalera.
—Alúmbrale —dijo Sikes, que estaba cargando su pipa—. SerÃa una lástima que se rompiera el cuello y chasquease a los aficionados a ver bailar al prójimo en la horca. Alúmbrale.
Anita siguió al judÃo llevando una vela en la mano. Llegados al portal, FajÃn puso el Ãndice sobre sus labios y preguntó con voz muy baja:
—¿Qué pasa, hija mÃa?
—¿Qué quiere usted decir? —replicó Anita en el mismo diapasón.
—Te lo diré con toda claridad.
—Puesto que ése te trata tan mal cosa muy natural, siendo como es un bestia, un animal feroz… ¿por qué no…?
—Acabe usted —dijo Anita, viendo que FajÃn se interrumpÃa sin terminar la frase comenzada.