Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas El espíritu, evidentemente bajo coacción, respondió del modo más solemne: «¡Oporto!».
Esta horrible comunicación hizo que el autor no pudiese evitar quedarse postrado, casi al borde del desmayo, durante casi un cuarto de hora: tiempo durante el cual el golpeteo prosiguió sus comunicaciones más violentamente si cabe que antes, y desfilaron ante sus ojos una multitud de apariciones espectrales de un color negruzco, y con un gran parecido a renacuajos ocasionalmente dotados de la capacidad de girar en remolino hasta convertirse en notas musicales mientras se zambullían en el espacio. Después de haber contemplado una vasta legión de dichas apariciones, el autor se dirigió de nuevo al espíritu que daba los golpecitos:
«¿Cómo debo imaginarles a ustedes? ¿A cuál, de todas las cosas del mundo, se parecen más?».
La terrible respuesta fue: «¡Betún!».
En cuanto el autor fue capaz de controlar sus nervios, que eran bastantes, inquirió: «¿Debería tomar algo?».
Respuesta: «Sí».
Pregunta: «¿Puedo escribir algo?».
Respuesta: «Sí».