Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Al abrir durante el desayuno mi diario matutino, en que se daba noticia de aquel primer descubrimiento, lo hallé profundamente interesante y lo leí con minuciosa atención. Lo leí dos veces, puede que tres. El descubrimiento había tenido lugar en un dormitorio, y, cuando aparté la vista del periódico, me sacudió un fogonazo —ráfaga, corriente, no sé cómo llamarlo, ninguna palabra que busque puede ser lo suficientemente descriptiva de lo que vi—, en el que me pareció contemplar aquel dormitorio pasando a través de mi habitación, como un cuadro imposible pintado sobre la corriente de un río. A pesar de que pasó en apenas un instante, lo que vi fue perfectamente diáfano; tanto, que pude distinguir, con cierta sensación de alivio, la ausencia del cadáver en la cama.