Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Esta curiosa sensación no tuvo lugar en ningún sitio romántico, sino en los mismísimos juzgados del distrito de Picadilly, próximos a la esquina de St. James Street. Aquello fue algo completamente novedoso para mí. En aquellos momentos estaba en mi silla reclinable, y recuerdo que la sensación vino acompañada de un temblor peculiar que levantó la silla desde su posición. (Sin embargo, se ha de tener en cuenta que la silla era de esas que se deslizan sobre pequeñas ruedecillas). Me acerqué a una de las ventanas (había dos en la habitación, que se hallaba en un segundo piso) a fin de intentar aclarar la vista fijándome en algún objeto en movimiento, allá abajo en Picadilly. Era una brillante mañana de otoño, y la calle refulgía, se agitaba animada. El viento soplaba con fuerza. Al mirar hacia la calle, vi que el vendaval traía desde el parque un montón de hojas caídas que, atrapadas por una ráfaga, se arremolinaron en una columna espiral. Cuando se derrumbó la columna y las hojas se dispersaron, vi a dos hombres al otro lado de la calle, caminando de oeste a este. Uno de los dos caminaba unos pasos por delante del otro. El hombre que caminaba más adelantado miraba a menudo hacia atrás, por encima del hombro. El segundo hombre le seguía a una distancia de unos treinta pasos, con su mano derecha alzada en actitud amenazante. Al principio, la singularidad y la firmeza de ese gesto amenazador en una vía tan pública atrajeron singularmente mi atención; y a continuación lo hizo la circunstancia, aún más notable, de que nadie pareciese tomarlo en cuenta. Ambos hombres se abrían paso por entre los otros transeúntes con una ligereza que apenas tenía nada que ver con la acción misma de transitar por la acera; por otro lado, ninguna criatura, al menos que yo notase, les cedía el paso, les tocaba o se preocupaba lo más mínimo por ellos. Al pasar frente a mi ventana, ambos se pararon, alzaron las cabezas y fijaron sus miradas en mí. Pude ver sus rostros muy claramente y supe que podría reconocerles en cualquier lugar. No es que hubiese observado conscientemente algo muy destacable en ninguno de aquellos dos rostros, salvo que el hombre que iba delante tenía un aspecto inusualmente ceñudo y que la cara del hombre que le seguía tenía el color de la cera sucia.