Tiempos difíciles

Tiempos difíciles

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Lo menos que Harthouse podía hacer era invitar a Tom a que subiese a su cuarto; y lo menos que Tom podía hacer era subir. ¿Qué le parecería de una bebida refrescante, propia del tiempo, pero no tan floja como fresca? ¿Y qué le parecería si fumasen un tabaco más fino que el que se podía comprar en Coketown? Tom se vio pronto en un extremo del sofá, completamente a sus anchas y más dispuesto que nunca a admirar a su nuevo amigo, que estaba sentado al otro extremo.

Después de unos momentos, Tom dejó de fumar para examinar a su amigo. Y pensó: «Parece como si no se preocupara de la ropa, y, sin embargo, ¡qué bien que la lleva! ¡Qué elegancia natural la suya!»

La mirada de don Santiago Harthouse se cruzó con la de Tom; se extrañó de que no bebiese, y le llenó el vaso con su propia mano perezosa. Tom le dijo:

-Gracias, gracias... Bueno, señor Harthouse, os habéis dado esta noche una buena ración del viejo Bounderby.

Tom dijo estas palabras cerrando otra vez un ojo y mirando con el otro a su anfitrión por encima del vaso, con expresión de entendido.

-¡Es un tipo magnífico! -replicó don Santiago Harthouse.

-¿Verdad que sí? - dijo Tom, y volvió a guiñar el ojo.


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