Esperando al diluvio
Esperando al diluvio En algún rincón de la ciudad, John Biblia sonríe, esperando el siguiente movimiento.
Y Noah, sin saberlo, se está convirtiendo en la próxima pieza del juego.
La cacería se convierte en un juego de espejos. Noah persigue a John Biblia, pero también siente que alguien lo sigue a él. No es paranoia. Es una certeza visceral.
Las noches en Bilbao son un laberinto de música y peligro. Noah merodea los bares, observa a las mujeres solas, busca la presencia oculta de un depredador entre la multitud. Su instinto lo lleva a un club donde el humo y la cerveza flotan en el aire como presagios.
Y entonces lo ve.
Un hombre de cabello claro, bien vestido, elegante. No es el mismo de los retratos hablados en Glasgow, pero hay algo en su porte, en su mirada fría, en la forma en que mide a la mujer con la que habla. Noah lo sabe. Es él.
Lo sigue. Afuera, la ciudad respira con la calma falsa antes de la tormenta. John Biblia camina despacio, disfrutando del momento, sin saber que Noah está detrás.
—¡Alto ahí! —grita Noah, sacando su placa.