Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH Pero la amenaza solo fortaleció la determinación de Nash. El cuerpo de Andrea no solo había reabierto un caso, sino que había desenterrado los cimientos de algo más grande. Decidió cambiar de enfoque y centrarse en el trasfondo de las leyendas que rodeaban a Legarrea. Las historias de las brujas que usaban la sima para rituales eran antiguas, pero algunas parecían estar basadas en hechos reales. Y entre esas historias, Nash descubrió un patrón: desapariciones, como la de Andrea, habían ocurrido en intervalos regulares, y muchas de ellas nunca fueron resueltas.
—Esto no es casualidad —murmuró mientras examinaba los recortes de periódicos en la biblioteca del pueblo. —¿Qué encontraste? —preguntó Gabriel, acercándose a su mesa. —Mira esto. —Nash señaló un mapa del valle donde había marcado las ubicaciones de las desapariciones. Todas formaban un perímetro alrededor de la sima. —¿Qué estás diciendo? —preguntó él, incrédulo. —Que lo que sea que esté pasando aquí ha estado ocurriendo durante mucho tiempo. Y alguien se ha encargado de que permanezca oculto.
Esa noche, mientras Nash repasaba sus notas, recibió otra llamada. Esta vez, no fue una voz anónima, sino un silencio cargado que se mantuvo durante largos segundos antes de que una frase surgiera desde el otro lado.