Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH —Hay cosas que no deben saberse, doctora Elizondo.
El clic al colgar fue como un disparo en la penumbra de su habitación. Nash dejó el teléfono con cuidado y encendió la luz. El hostal parecía vacío y tranquilo, pero la sensación de ser observada la seguía como una sombra.
Al día siguiente, decidió enfrentar a Sara Eguren, la mujer encarcelada por el supuesto asesinato de Andrea. Las paredes frías de la prisión parecían exhalar resentimiento mientras Nash esperaba en la sala de visitas. Sara, delgada y con un aire de amargura, la miró con una mezcla de desconfianza y desafío.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Sara mientras se sentaba frente a Nash. —La verdad —respondió Nash, mirándola directamente a los ojos. Sara soltó una risa seca. —¿Verdad? ¿Quién quiere eso? Hace tres años, todos estaban felices de cerrar este caso. Yo era la solución perfecta. Una madre con problemas, un temperamento difícil... ¿Por qué removerlo ahora?
—Porque Andrea no estaba muerta cuando se cerró este caso —dijo Nash con firmeza. El rostro de Sara se endureció, pero sus ojos traicionaron un destello de interés. —¿Qué quieres decir con eso?