Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH El descenso fue lento y metódico. Esta vez, habÃan decidido explorar un túnel lateral que Gabriel habÃa identificado durante la última visita. El olor a muerte persistÃa, pero algo nuevo invadÃa el aire: una humedad densa, cargada con un aroma metálico. Nash enfocó su linterna hacia las paredes del túnel y descubrió que estaban cubiertas de marcas que no habÃan notado antes. No eran solo inscripciones, sino dibujos: figuras humanoides danzando en torno a lo que parecÃa un pozo o una llama.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Xabier, asombrado. —No lo sé —murmuró Nash mientras tomaba fotografÃas. —Pero sea lo que sea, estas figuras no están aquà por accidente.
Avanzaron hasta que el túnel se ensanchó en una caverna más grande. AllÃ, encontraron lo que parecÃan ser los restos de un altar. Una losa de piedra oscura se alzaba en el centro, cubierta de sÃmbolos y manchas rojizas que el tiempo no habÃa borrado del todo.
—Esto es... un lugar de sacrificio —dijo Xabier, casi sin aliento.
Gabriel, que habÃa estado inspeccionando los alrededores, se detuvo en seco. —¿Escucharon eso?